domingo, 2 de febrero de 2014

VICENTA Y PEDRO

– Y qué clase de vida es la que le espera a un viejo cuyo hijo no quiere mirarle a la cara. Tú sabes que hemos hecho mucho por nuestros dos hijos. Les hemos dado todo aquello que no tuvimos y que jamás pensamos poseer porque sabíamos que era para ellos, para su felicidad, para su futuro, sin prever que ello significaba nuestra propia desidia, nuestra soledad más absoluta. Vicenta,  he trabajado por cuatro,  he roto mi espalda, mis articulaciones, mis brazos por construir un mínimo futuro para mis hijos y mis hijos, ahora, no valoran nada, absolutamente nada, como si fueran superiores a nosotros por darles el fruto de nuestro esfuerzo, el fruto que jamás disfrutamos. Vicenta ni un traje nuevo, ni unos zapatos nuevos, ni una camisa estrenada. Vicenta esto no es lo que yo esperaba, y tú tampoco, no me digas que los desprecios de tu nuera entraban en el lote de cariño que dimos a nuestros hijos o el no aprecio de nuestro yerno, sabiéndonos necesitados y viejos y desarmados de cariño y del aprecio que les inculcamos. Vicenta ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Por qué actúan de esa manera? Nosotros hemos cuidado a nuestros padres, a los tuyos y a los míos, sobre todo tú, has lavado el culo de los viejos y los has tratado como verdaderas personas, como miembros de una familia, ¿por qué yo tengo que barajar la idea de marcharme al asilo? habiendo pagado nuestra atención anticipadamente, habiendo acercado a sus manos lujos que nosotros ni hemos disfrutado, ni soñamos siquiera en poseer – .

Pedro podría pasar todo el día calentando la cabeza de Vicenta, en suspensión mental desde el minuto uno, con su ganchillo y el tapete que corría entre sus dedos con velocidades poco usuales en una mujer de ochenta años, dedos con malformaciones por la artrosis y una chepa prominente justo en la terminación de sus cervicales, nacida de tantas y tantas horas de mover su aguja con diestra certeza en hilos de todos los colores y todas las calidades. Ahora los removía, prácticamente, sin fijar la vista en los puntos, sólo el tacto le ayudaba a saber certeramente si la aguja había hecho el trayecto correcto, según la muestra que había palpado una sola vez entre sus manos. Pedro, desde su sillón orejero, tapado con las faldas de la mesa camilla y caliente por el brasero que consumía lentamente el picón hecho con el carbón que le servían en la estación como medio para calentar su hogar y poder cocinar en aquella cocina impoluta y limpia que Vicenta cuidaba más con el corazón que con la vista. Los azulejos blancos contrastaban con el negro óxido de los fogones de hierro fundido, bien limpios, eso sí, y aceitados para no dejar ver el color a herrumbre que habían adquirido después de años y años de uso indiscriminado: calentando agua, haciendo bizcochos en el horno económico, friendo guarrillas, tajás y el lomo adobado de los tres o cuatro cerdos que mataban al año y que servían para guardar practicamente toda la paga en metálico de Pedro. Vicenta sabía hacer de un duro cinco, como casi todas las mujeres de ese pueblo: con la matanza, la venta de huevos, de conejos, muchos pollos y alguna gallina, era capaz de mantener la casa, sus hijos y los pagos sin tocar el jornal del tío Pedro como mozo de estación. Algún – Pedro, ten paciencia – o algún – Bueno... – a tiempo, eran suficientes para ir calmando la mirada nerviosa y azul de un hombre que había sido guapo hasta decir basta y que aún, con 83 años era capaz de enternecer a Vicenta y motivar su deseo como sus primeros años de enamorados, mucho más alla de cincuenta años antes, cuando prácticamente una jovencita callada y feucha se perdía en el azul intenso de aquella mirada que se había empeñado en fijarse en ella como si no hubiera otra mujer en el mundo, como si realmente fuera importante y única.


– Mira Pedro, te pongas como te pongas, pienses lo que pienses y te quejes cuanto te quejes nada va a cambiar las cosas. Nosotros hemos hecho lo que hemos sabido, hemos educado a nuestros hijos rectamente, hemos sabido hacerles ver qué está bien y qué está mal. No puedes seguir culpándote por su actuación, no puedes seguir martirizándote por exigirles algo que no quieren hacer. Mientras nos tengamos el uno al otro será suficiente. Quiero a mis hijos, ellos son el fruto de nuestro cariño. Así que no le des más vueltas, la vida no es como se presenta en un patrón o una muestra de ganchillo, la vida siempre ha sido imprevisible y nosotros hemos sorteado con delicadeza esos vaivenes que tanto te preocupan. Pedro, descansa, no des más vueltas a lo inevitable, no te martirices por algo de lo que no eres responsable. No lo hagas, porque me vas a terminar de sacar loca y yo no quiero acabar como mi hermana y mis sobrinos. ¿Estás de acuerdo? Dame un beso y deja de refunfuñar. Es hora de comer y tengo para ti una sorpresa – .

domingo, 5 de enero de 2014

SEGUNDO CUENTO: RESTREGONES, REPROCHES Y LA PENITENCIA

Entre restregones, la ropa que lavaba, recuperó el blanco azulado, extraviado en horas de trabajo ininterrumpido en el campo. Las mudas, ya resplandecientes, balanceaban el peso del agua tendidas en la cuerda; el sol se encargaría de aliviarlas de esa gravedad deformante que bombeaba el perfecto cuadrado de algunos calzoncillos. En algún descanso miró al horizonte para ver la serranía en la que había crecido. Allí, a unos kilómetros, permanecía la casa en ruinas que la vio nacer; y aunque imposible de ver en la distancia, su embeleso la embellecía y la reconstruía una y otra vez, en su mente: llena de geranios en el portal, rodeada de áloe, pinos, higueras, tomillo, romero y murta. En su mente, la casa no había perdido la presencia de su madre, siempre trabajando, dentro y fuera, como una máquina. En el entorno de la era cercana a los bancales de almendros, también hubo ropa blanca tendida, hombres y mujeres que pasaban ataviados con otra pobre, sudada, mil veces remendada, y perros recostados bajo alguna sombra sólo abandonada para llegarse a los portales de la casa y recibir algunas sobras de comida. Entre batidas y enjabonados a la ropa blanca su mente volaba a las cercanías de La Bastía, en donde llegó a bañarse desnuda a la intemperie, con la sensación de pecado en el alma y ojos tan abiertos, que las lechuzas hubieran envidiado su destreza, al vislumbrar con gran velocidad cualquier movimiento en los alrededores. Entre chapuzones, el recuerdo de unas manos la ayudaban a salir del agua envolviéndola en una toalla vieja, pero limpia, y secaban con mimo sus cabellos, largos y despeinados. Tocó, por primera vez en su vida, un pecho de mujer con un deseo y lascivia desconocidos. Allí rozó, con ternura infinita, los labios pintados de un rostro angelical que iba perdiendo su belleza, paliza a paliza, golpe a golpe, en los establos del ganado, con el silencio de las vacas como testigo y respuesta. Con los ojos perdidos en la distancia veía la ropa azulear en el contraste con el recién salido sol de la mañana, y sus labios iniciaban ese tembleque habitual, a esa hora en la que el dolor de sus entrañas empezaba a querer estropear el día y también una noche tranquila de ensueños; que le habían ayudado a soportar todos los desprecios en forma de reproches de su marido, aquellos que dejaba a cada minuto entre las cuatro paredes de la casa, o penal, en el que pagaba una condena autoimpuesta por amar a un ser de rostro angelical, con un cuerpo menudo como el suyo y el ser más tierno que jamás hubiera conocido. Cuando supo que los sueños ya sólo serían invenciones subconscientes que echaban de sí cualquier esperanza de reencuentro, comprendió que la cárcel donde vivía era, ahora también, su sepulcro, su encierro definitivo. Quedaba emparedada. Ni los buenos días de sus hijos serían suficientes para devolverla a una vida que jamás quiso y siempre aceptó como penitencia.

sábado, 4 de enero de 2014

PRIMER CUENTO: EL ADIOS, EL BESO Y LAS GARRAS DE OSO

No fueron docenas de rosas ni grandes coronas las que acompañaron el féretro de Rosario ni siquiera el justiprecio a sus acciones, tampoco sus amigos o su familia. Iba acompañada por el olvido. Lejos del camino que la condujo a la nada, alguien secaba sus lágrimas, ataviada con una combinación blanca, con el pelo mesado y el rostro abotargado ante el final de un dolor acumulado durante cincuenta años. Rozando sus muslos y ondeando su cabello, supo ahora que los recuerdos serían sólo eso. La esperanza, el ensueño y la añoranza se desvanecían definitivamente.
--"¿Cómo ha sido?" Fueron las únicas palabras que pudo pronunciar antes de caer desmayada al suelo esa mañana de setiembre en la que el cielo se anubló igual que sus ojos y su alma. Después, una corte de manos la rodearon como un haz de trigo dorado, y la condujeron a las cercanías del aljibe en el patio trasero para refrescarla y dejarla sola entre las sombras de una higuera. Apareció en su aflicción un dolor más poderoso que el que rondaba sus entrañas los últimos meses. Allí secó, una y otra vez, su rostro y sus babas sin disimulo. En el agua de la lebrilla, que reflejaba su cara desencajada, quiso ver la imagen del beso profundo y eterno guardado en la memoria y que la despidió de Rosario en El Ajerro.
--"Adiós. No podré olvidarte. Te quiero".--Acabó entonces una historia, apenas comenzada, y que incongruentemente, trastocó sus vidas. Bajo aquella sombra, con el olor dulce de los higos, visualizó el gesto de la despedida: un manotazo de Rosario. Aún guardaba en su hombro la señal de unas uñas parecidas entonces a garras de oso filtrándose en la piel y de cuyas señales no pudo ni quiso huir jamás. Alguna vez las abrió con la intención de que no desaparecieran nunca. En el camino, mientras atajaba la sangre con la mano, sentía el corazón fallar, vagueando en sus diástoles; su garganta se anudaba y la respiración se tiznaba de hollín, e igual que hoy, sus ojos voceaban dolor en forma de incesantes regueros.

QUINTO CUENTO: EL MAR DE FUEGO, LEONOR Y LA DISTORSIÓN DE LOS RECUERDOS

Lo cierto es, que llegó al pueblo de la mano de Enrique y Angustias, en una visita de cortesía a su tía Josefa. La soledad de esta mujer tan religiosa, unida al interés de sus padres por el lugar, la convirtieron en visitante habitual de la finca y, más tarde, cuando su tía necesitó ayuda y compañía, se instaló definitivamente en aquel paraje que permite ver en los días claros un mar lejano, tibio, tanto como la neblina que lo envuelve en una forma incierta. En aquella época, las torres que ahora marcan la línea de costa no existían y lo más destacable era el cabezo Gordo en el horizonte, después la Isla del Barón o la Perdiguera. En el amanecer, y en los otoños, la luz del sol incendiaba todo el Mar Menor convirtiéndolo en un mar de fuego, resplandeciente y onírico, un gran lago dorado que destella en la lejanía y que abruma el alma de quien lo mira. No es extraño que el futuro lo haya convertido en esa especie de cloaca medioambiental. Incluso por la noche, desde la puerta de la casa, se presenciaba el ir y venir de una luz parpadeante que titilaba a lo lejos en la línea de costa: el faro de Cabo de Palos. Desde allí, cuántos atardeceres no habrán disfrutado, cuántos amaneceres saludado, los vecinos del lugar; entre otros, una mujer entrañable que conocéis bien y que era capaz de andar cinco kilómetros, volver a su casa, olvidar la sal y recorrer otros diez, todo ello en el mínimo tiempo y siempre hablando sola por los caminos bajo su sombrilla negra a juego con el traje y el pañuelo: la señora Leonor, una de las vecinas que mejor conoció a Rosario y toda su trayectoria. Es una pena no poder compartir con ella su experiencia y escuchar la voz y las palabras antiguas, necesarias, para comprender algunos acontecimientos que sólo tienen explicación desde la cercanía. Leonor desmentiría esos comentarios que ha hecho la vecindad sobre las diferencias sexuales del matrimonio (Rosario-Cesáreo); sobre los gustos del uno o del otro, y ante todo, de las divergencias en la apetencia de sexo que les convirtieron en una pareja imposible. Aunque también es cierto que Leonor no entraría nunca en una conversación así con un desconocido.En los años de bonanza de la Cueva Negra, Rosario, llevó prácticamente el timón de la enorme finca, que antes de "hacer las partes” a la muerte de su tía, como se suele decir en esta tierra, tenía una extensión aproximada 50 hectáreas dedicadas a la agricultura, varios miles de almendros, higueras y oliveras, también un par de canteras y una mina de hierro; pero sobretodo, en aquella época, mucha mano de obra barata, que trabajaba por el sustento de sol a sol. A lo largo de los días hemos recorrido recuerdos de mucha gente en más de 60 años, y cuanto queda de las impresiones que tenemos acerca de alguien, se reduce a mínimos distorsionados por la memoria, los sentimientos y esa sutil capacidad que tiene el ser humano para mentir en sus evocaciones y lograr de esa forma dar la imagen adecuada a aquello que no se quiere contar. La imagen de Rosario ha evolucionado mucho según hemos ido conociendo sus avatares. Una mujer fuera de su época, sin duda alguna; enajenada por su mundo propio, ajena a los asuntos más primarios de la existencia, en donde sus intereses se centran en poder cumplir sus sueños, a costa de lo que fuere. Como pintora no vio cumplidas nunca sus expectativas a pesar de pasar la vida fotografiando a personas y objetos, trasladarlos a lienzos ahora perdidos, extraviados y probablemente nunca recuperables. Sus pinturas adornan el salón de alguna casa, y poco más, pero, ¿dónde están los retratos que adornaban su casa, los rostros y figuras de las personas que ella consideró siempre suyos? Tal vez hayan sido quemados, reutilizados o simplemente dejados en algún contenedor de basura. Rosario presumió siempre de ser buena fotógrafa, y a juzgar por los pocos ejemplos que tenemos conocía muy bien la técnica de revelado en blanco y negro; y las composiciones que hizo, casi siempre, estaban destinadas a plasmarlas después en una tela. No sabemos como son. El único ejemplo que poseemos es la fotografía distorsionada por la perspectiva de un bodegón de flores muy parecidas a las otras rosas reconocibles en la entrada de esa casa de la que siempre te hablo como una especie de santuario de Rosario. Un santuario, sí, porque ahí está contenido parte de su patrimonio, y lo más gracioso de todo es que ella nunca lo sabrá.

domingo, 8 de diciembre de 2013

VIERNES CREATIVO: "A ciegas en la red"

¿Te atreves a escribir una historia para esta foto de Marcus Møller Bitsch? No se trata de que cuentes lo que se ve, sino de que inventes una historia en la que encajar esta imagen. Sé imaginativo, no caigas en los clichés.
--" Has envenenado la bondad que residía en mí. En tres semanas, he caído en ese letargo habitual de los amantes: sin serlo, sin tenerte jamás, sin acercarme a ti más de dos minutos. Escuchar de tus labios aquella mortífera frase, aquel envenenado dardo envenenado con el que mataste mi corazón, con justo incono -como dice el bolero- fue letal. Mis barcos, mis pensamientos rotos y mis deseos anulados, convertidos en desidia no tendrán hincón al que quedar amarrados, y aunque no buscaré nunca devolverte al vómito, sí recordaré que tus palabras marcaron mi alma infantil, destruyeron el último vestigio inocente que me quedaba por perder, y lo perdí, como perdí mi vista, como perdí cualquiera de mis sentidos, después de saber que tú eras mi última esperanza".

lunes, 28 de octubre de 2013

EL TERRIBLE CANTO DEL TENOR

"¿Qué se puede hacer sin oxígeno?"- dijo. Se miraba al espejo, pudo verse amoratado, cianótico, parecía morir, empezaba a convulsionar y toda una vida en imágenes desordenadas se agolpaban en el minúsculo tiempo que parecía quedarle. 

Pablo Stormos nació para el mundo de la escena operística a los 19 años. Entonces no eran necesarias tantas pruebas para demostrar que su voz se comportaba como una hoja de acanto infinita, capaz de rasgar esa sensibilidad pétrea de quienes apenas la muestran por confusiones emocionales o educativas. Hasta los hombres más viriles habían roto, en más de una ocasión, su fortaleza interna ante los falsetes sostenidos  de cabeza o la ejecución de arpegios de belleza única por la voz de tenor lírico. Y lo más extraño, es que su técnica la aprendió siendo panadero, con su hermano, y como los genios: cantando de oído. El timbre que un día hiciera derramar lágrimas de reyes se forjó entre harinas de calidad escasa, olor a pan recién horneado y masa agria que deshacer: en tiempos en los que su apellido era tan común como su rostro, su ropa o sus ademanes de hombre sencillo. Cambiar García por Stormos no lo asimiló hasta el medio siglo. Le parecía una ofensa a su padre, a su familia directa,  un juguete del destino que sí le permitiría tener esa doble vida de artista, sólo importante para un sector muy restringido; una doble vida  que él  necesitaba para convivir con los suyos siempre que podía. 

Dejó que le embistiera una nube de olvido. Así, de pronto, y sus ojos querían encontrar la mirada perdida del espejo iluminado por una docena de bombillas.

--¿Cómo es posible que me pare a contar las bombillas que me alumbran como velas mortuorias?- Se preguntó Pablo sin articular un solo sonido. Esa tarde ya había vivido la misma sensación cuando maquillaba su rostro y la misma barra de maquillaje, aunque mucho más pequeña, le recordó las  de manteca o mantequilla que deshacía  con fiereza  y pulcritud extrema mientras amasaba cientos de bollos, croissants, hojaldres para las milhojas y cuantos encargos hacían las casas particulares, mesones y restaurantes más pudientes de su querida ciudad. Cómo, ataviado con un delantal con el que podía darse dos vueltas, y blanco inmaculado, comenzaba su faena al son de cualquier romanza ensayada durante la tarde en el conservatorio*. Las diez de la noche. Siempre fue ésa la hora en la que inició sus mejores trabajos y, sin duda, los años que pasó de pastelero, las doce siguientes fueron una especie de juego para él. En el momento en el que la juventud lo puede todo: 15 años, 16 años, 17 años; y su voz mejoraba igual que sus magdalenas y panes, sus tortas y sus vienas, sus bollos de mosto o las jaleadas milhojas y cuernos que tanta fama dieron a aquel horno-confitería de nombre cursi -Verdesse-  regentado por la viuda de Merino, una  mujer de voluntad inquebrantable, mano férrea, también corazón de oro, que convirtió aquellas estancias en uno de los más reconocidos hornos de la provincia. En  la época histórica en la que  una gran parte de la población amasaba y horneaba el pan que consumía, sus productos traspasaban en fama las fronteras del reino y hasta llegó: la fama -nunca hubo certeza de que lo hicieran los productos- a París, al menos, eso es lo que sabiamente escribió en la puerta del establecimiento para dar un empujón a las ventas. El obrador era amplio, ordenado, limpio, repleto de cachivaches de cobre, latón, madera, hombres de espaldas fuertes, manos pétreas y jóvenes mujeres de delicada, pero rellena figura, que exhalaban en cada respiración salud y simpatía. Algo que no hacía, sin embargo, doña Inocencia, eternamente ataviada con una bata negra, cubierta después con impoluto delantal blanco de puntillas de balencién encañonadas con el que paseaba su oronda figura por cada metro cuadrado del obrador.  Alguna vez, palideciendo por  ahogos, pequeñas asfixias, ocasionadas por un proceso asmático de su trato, a lo largo de 40 años, con las harinas del recinto y la horripilante -decía ella- canela a la que se empeñaba en ser alérgica. Los sofocos de la edad, hacía años que los había pasado aunque nadie era capaz de echarle una cantidad concreta. Los mejunjes de su abuela -y muy probablemente su naturaleza fuerte- habían ayudado mucho a su conserva en formol, ayudada también por unos kilos que redondeaban sus rasgos y tersaban su tez. La señora Inocencia lamentaba su viudez desde hacía 15 años, y lejos de convertirse en un alma en pena o buscar consuelo en otro matrimonio, a pesar de no tener hijos, supo hacer de su profesión una muy digna con la que consiguió el respeto de sus comadres de iglesia. Algunas de las grandes señoras que visitaban con frecuencia su tienda para hacer pedidos o degustar, a escondidas de los demás o con sus hijos, algún dulce de los que se mostraban en las docenas de bandejas -que se reponían con frecuencia y rapidez extrema viernes, sábados y domingos, también fiestas de guardar- mantenían con ella una relación de extraña igualdad. Realmente, sus dulces invitaban a ser comidos por el esmero que siempre cultivó en las presentaciones. Día a día, todo tenía que estar en su lugar, no dejar nunca piezas con azúcar glass humedecido por la intemperie, o por la cámara en la que se guardaban de noche. Puntualmente, a la mañana siguiente, se recubrían de azúcar o de coco, de cacao en polvo o se refrescaba la crema con algún pincel mojado en mermelada diluida en agua, también logró un sistema novedoso para poder aprovechar aquellos que no tuvieron salida -y no desaparecían entre las inmensas bocas, muy amaestradas por la costumbre y el hambre, de los pasteleros, panaderos o las mismas vendedoras y ayudantes de cocina que adquirían una habilidad especial para engullir de un bocado cualquier pieza de tamaño mediano, sin dejar que se notara una sola mueca en su rostro o  escapara el mínimo sonido mientras cual culebras engullían su pieza-. Las tartas borrachas y los pasteles de andas (algo parecido a los pudding ingleses que doña Inocencia había bautizado con ese nombre por ser ésa la palabra clave con la que selecionaba el género y reconvertía en nuevas creaciones de segunda mano. Entonces dos pasteleros especializados  se convertían en depositarios de todos aquellos dulces que no habían tenido venta y que sin embargo salían con rapidez hacia hoteles de cierta importancia o cafeterías de la ciudad, como si estuvieran recién salidos del horno y con un aspecto que mejoraba siempre los originales. Doña Inocencia sólo indicaba a quien fuera el pastel, decía su nombre y "anda" una o dos veces, según las prisas. Un baño maría y un calado de almimbar con alguna esencia fuerte conseguía borrar cualquier recuerdo de las magdalenas más secas, los bizcochos más viejos. La señora Inocencia sabía que un negocio se hace con ahorro, y no le salió mal porque antes de morir su cuenta corriente rebosaba dinero, un dinero que no supo a quien dejar hasta los últimos días de su longeva existencia; sus inversiones en pisos de renta le valieron para amasar, como bien supo siempre hacer, una fortuna. Ella era quien enseñaba a cada nuevo trabajador del horno, fuera cual fuera su dedicación. Entrada en años y  en carnes tuvo que obligarse a dejar de hacerlo porque sus fuerzas le habían abandonado un poco antes, aún así siempre daba los últimos toques, como ella decía: añir la masa. En las dos mesas de trabajo no se paraba de cortar y pesar, noche tras noche y ése era el oficio que mejor hacía Pablo con algún canturreo que tuvo que suspender, en más de una ocasión, ante las quejas de los vecinos, más que por el canto, por el alboroto que se formaba; otros, sin embargo, bajaban al obrador a pedir cualquier cosa, hasta churros, en un día de diario y por la puerta de trabajo con la intención de escuchar, de cerca, aquella voz envolvente que endulzaba  las calurosas noches de verano en una ciudad aún fresca por la ausencia de cemento, y húmeda bajo el abrigo de grandes árboles que poblaban la tierra como viejos testigos de antiguas  gestas contadas de madres a hijos y de abuelas a nietos. Entonces sí se respiraba bien, entre olores de jazminero y galán de noche, también alguna venida de aromático estiércol de la huerta; aún así, se respiraba bien.


miércoles, 16 de octubre de 2013

LA RADIO PIRENAICA Y LAS PALIZAS DE LA GUARDIA CIVIL

-- ¡Muchacho baja la radio, por Dios!-- gritaba Gregoria a su marido mientras cerraba puertas y ventanas. --¡No te das cuenta de que te van a oír los vecinos, o pasar alguién..! ¡qué poco conocimiento tienes! Ya no te acuerdas de lo que han hecho contigo y con tu hijo... Baja esa radio ahora mismo, ¡que no la oiga ni yo siquiera!-- Ésa era la forma de suplicarle al Castaño que terminara con el desasosiego que le producía escuchar aquellas emisiones prohibidas por el régimen franquista y que le recordaban los días en los que su hijo llegaba pasmado, blanco, sin sangre, del cuartel de la guardia civil de Torreagüera. Enmudecido y sin sus habituales sonrisas. Pasaba días y días sumido en un mutismo disimulado pero renovado cada vez que veía alguna de las heridas de su padre curadas con árnica o con los ungüentos que le daba la tía Josefa. Las costillas rotas, los moratones en la espalda, las heridas en cejas y labios tardaban meses en curar; entre tanto Gregoria buscaba la mejor manera de no hacerle daño en los moratones, primero rojo cardenal, luego amarillos o azules, y finalmente en un pálido naranja que iba desapareciendo de la piel; sin embargo, la salud psíquica no revertía con tanta facilidad: en Castaño duraba meses, en el niño quedó maltrecha para siempre.




Castaño pasaba horas pegado a la radio intentando conocer las noticias no controladas por el régimen franquista y comentándolas con poco éxito entre sus hijos y familia. No se atrevía a hacerlo con ningún vecino que no fuera el tío Antonio, solo de cuando y cuando, y si se encontraban a buen recaudo porque la sordera de éste último le obligaba a levantar la voz más de lo normal; además, el tío Antonio tampoco era un hombre al que le interesara la política. Castaño se enzarzaba siempre en un montón de ideas que nadie comprendía, informaciones que él sí sabía pero que eran, por una parte, difíciles de explicar; tampoco su cultura le permitía entender todo lo que se decía en esas emisoras, y a lo sumo, repicaba algunos titulares que le llamaban especialmente la atención. En cualquier caso la Radio era su compañera habitual. Y gracias a ella su forma de ver el mundo fue cambiando algo. No le sirvió, desde luego, para mejorar su educación pero sí su cultura. Aún seguía repartiendo lastre a diestra y siniestra entre sus hijos en cuanto se deslizaran un milímetro de lo establecido como normas de conducta en la casa o simplemente llegara con vino de más. Gregoria, tampoco se quedaba atrás, pero era lo que siempre vieron entre todos los que le rodeaban y lo que vivieron en su propia niñez. Aún Gregoria, replicaba siempre que tenía la oportunidad, que a ella jamás tuvieron que darle una bofetada. Castaño era otra cosa, sobre todo si mediaban unos chatos  por medio. Entonces podían ocurrir dos cosas o que durmiera la mona o se enzarzara en una de esas peleas -que asustaban al vecindario- con su mujer y sus hijos, terminara echando a todos a la calle y, cobijados en la casa de la tía Josefa, como de costumbre, en jergones de paja improvisados en medio del salón, entre sollozos de todos y algún ataque de nervios de Gregoría, dormía su mona. La función mediadora de la tía Josefa era la única capaz de hacerle entrar en razón y volver a admitirlos , siempre con miedo en el cuerpo.