domingo, 2 de febrero de 2014

VICENTA Y PEDRO

– Y qué clase de vida es la que le espera a un viejo cuyo hijo no quiere mirarle a la cara. Tú sabes que hemos hecho mucho por nuestros dos hijos. Les hemos dado todo aquello que no tuvimos y que jamás pensamos poseer porque sabíamos que era para ellos, para su felicidad, para su futuro, sin prever que ello significaba nuestra propia desidia, nuestra soledad más absoluta. Vicenta,  he trabajado por cuatro,  he roto mi espalda, mis articulaciones, mis brazos por construir un mínimo futuro para mis hijos y mis hijos, ahora, no valoran nada, absolutamente nada, como si fueran superiores a nosotros por darles el fruto de nuestro esfuerzo, el fruto que jamás disfrutamos. Vicenta ni un traje nuevo, ni unos zapatos nuevos, ni una camisa estrenada. Vicenta esto no es lo que yo esperaba, y tú tampoco, no me digas que los desprecios de tu nuera entraban en el lote de cariño que dimos a nuestros hijos o el no aprecio de nuestro yerno, sabiéndonos necesitados y viejos y desarmados de cariño y del aprecio que les inculcamos. Vicenta ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Por qué actúan de esa manera? Nosotros hemos cuidado a nuestros padres, a los tuyos y a los míos, sobre todo tú, has lavado el culo de los viejos y los has tratado como verdaderas personas, como miembros de una familia, ¿por qué yo tengo que barajar la idea de marcharme al asilo? habiendo pagado nuestra atención anticipadamente, habiendo acercado a sus manos lujos que nosotros ni hemos disfrutado, ni soñamos siquiera en poseer – .

Pedro podría pasar todo el día calentando la cabeza de Vicenta, en suspensión mental desde el minuto uno, con su ganchillo y el tapete que corría entre sus dedos con velocidades poco usuales en una mujer de ochenta años, dedos con malformaciones por la artrosis y una chepa prominente justo en la terminación de sus cervicales, nacida de tantas y tantas horas de mover su aguja con diestra certeza en hilos de todos los colores y todas las calidades. Ahora los removía, prácticamente, sin fijar la vista en los puntos, sólo el tacto le ayudaba a saber certeramente si la aguja había hecho el trayecto correcto, según la muestra que había palpado una sola vez entre sus manos. Pedro, desde su sillón orejero, tapado con las faldas de la mesa camilla y caliente por el brasero que consumía lentamente el picón hecho con el carbón que le servían en la estación como medio para calentar su hogar y poder cocinar en aquella cocina impoluta y limpia que Vicenta cuidaba más con el corazón que con la vista. Los azulejos blancos contrastaban con el negro óxido de los fogones de hierro fundido, bien limpios, eso sí, y aceitados para no dejar ver el color a herrumbre que habían adquirido después de años y años de uso indiscriminado: calentando agua, haciendo bizcochos en el horno económico, friendo guarrillas, tajás y el lomo adobado de los tres o cuatro cerdos que mataban al año y que servían para guardar practicamente toda la paga en metálico de Pedro. Vicenta sabía hacer de un duro cinco, como casi todas las mujeres de ese pueblo: con la matanza, la venta de huevos, de conejos, muchos pollos y alguna gallina, era capaz de mantener la casa, sus hijos y los pagos sin tocar el jornal del tío Pedro como mozo de estación. Algún – Pedro, ten paciencia – o algún – Bueno... – a tiempo, eran suficientes para ir calmando la mirada nerviosa y azul de un hombre que había sido guapo hasta decir basta y que aún, con 83 años era capaz de enternecer a Vicenta y motivar su deseo como sus primeros años de enamorados, mucho más alla de cincuenta años antes, cuando prácticamente una jovencita callada y feucha se perdía en el azul intenso de aquella mirada que se había empeñado en fijarse en ella como si no hubiera otra mujer en el mundo, como si realmente fuera importante y única.


– Mira Pedro, te pongas como te pongas, pienses lo que pienses y te quejes cuanto te quejes nada va a cambiar las cosas. Nosotros hemos hecho lo que hemos sabido, hemos educado a nuestros hijos rectamente, hemos sabido hacerles ver qué está bien y qué está mal. No puedes seguir culpándote por su actuación, no puedes seguir martirizándote por exigirles algo que no quieren hacer. Mientras nos tengamos el uno al otro será suficiente. Quiero a mis hijos, ellos son el fruto de nuestro cariño. Así que no le des más vueltas, la vida no es como se presenta en un patrón o una muestra de ganchillo, la vida siempre ha sido imprevisible y nosotros hemos sorteado con delicadeza esos vaivenes que tanto te preocupan. Pedro, descansa, no des más vueltas a lo inevitable, no te martirices por algo de lo que no eres responsable. No lo hagas, porque me vas a terminar de sacar loca y yo no quiero acabar como mi hermana y mis sobrinos. ¿Estás de acuerdo? Dame un beso y deja de refunfuñar. Es hora de comer y tengo para ti una sorpresa – .

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